25 septiembre 2026 Noticias

El arzobispo de Sevilla reivindica en el RICOMS una Medicina que conjugue rigor científico, humanidad y cuidado

Mons. José Ángel Saiz Meneses pronunció en el Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla la conferencia «Ética: principio de la profesión médica», una reflexión sobre la dignidad del enfermo, los límites de la técnica, la inteligencia artificial, la relación médico-paciente y la obligación de seguir cuidando cuando ya no es posible curar.

El Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla acogió este jueves, 24 de septiembre, la conferencia «Ética: principio de la profesión médica», pronunciada por el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo Metropolitano de Sevilla, quien propuso una extensa reflexión sobre los fundamentos éticos de la Medicina y sobre los desafíos que afronta una profesión cada vez más tecnificada, pero que continúa teniendo como centro irrenunciable a la persona enferma.

Ante miembros de la Junta Directiva del RICOMS, médicos, profesionales sanitarios, autoridades y asistentes al acto, el arzobispo construyó su intervención a partir de una idea que recorrió toda la conferencia: la Medicina no puede reducirse a una intervención técnicamente eficaz sobre la enfermedad, porque el médico no trata únicamente órganos, patologías o datos clínicos, sino a una persona en toda su complejidad.

El presidente del RICOMS abrió el acto recordando precisamente que la ética forma parte del fundamento de la profesión médica. En su bienvenida, señaló que los extraordinarios avances registrados en genética, inteligencia artificial, cirugía robótica, trasplantes o terapias personalizadas han ampliado enormemente la capacidad de actuación de los profesionales, pero también su responsabilidad. Porque, subrayó, detrás de cada diagnóstico, prueba o decisión clínica continúa existiendo una persona con una historia, unos afectos, unos miedos y una dignidad que no puede reducirse a un dato más de la historia clínica.

Para desarrollar esta tesis, Mons. Saiz Meneses recuperó la expresión de san Isidoro de Sevilla que define la Medicina como secunda philosophia, una «segunda filosofía», porque ambas disciplinas «reclaman al hombre entero». Desde ese punto de partida defendió una visión integral del acto médico frente al riesgo de fragmentar al paciente hasta convertirlo únicamente en portador de una patología.

La conferencia recorrió también los orígenes históricos y cristianos del cuidado de los enfermos, desde la figura de san Lucas y la tradición del buen samaritano hasta la aparición de las primeras instituciones dedicadas de manera estable a la atención de personas enfermas y vulnerables.

El arzobispo trasladó esa historia al propio contexto sevillano, recordando instituciones como el Hospital de las Cinco Llagas, fundado en 1500 por Catalina de Ribera; el Pozo Santo, creado para atender a mujeres incurables; o el Hospital de la Santa Caridad, vinculado a Miguel Mañara. A través de estos ejemplos mostró cómo la concepción del cuidado acabó convirtiéndose no solo en una convicción moral, sino también en instituciones destinadas a atender a quienes sufrían.

La dignidad del enfermo como fundamento

Uno de los ejes centrales de la intervención fue la dignidad inherente de toda persona enferma, con independencia de su estado de salud, autonomía, capacidad cognitiva, edad o utilidad social.

Mons. Saiz Meneses defendió que esa dignidad no se adquiere ni puede retirarse y advirtió de las consecuencias que se derivarían de vincular el valor de una persona exclusivamente a su autonomía, capacidad o utilidad.

«Un enfermo, por muy debilitado que esté y por poco que su cuerpo pueda ya ofrecer, no ha perdido un gramo de dignidad», sostuvo al introducir uno de los bloques fundamentales de su intervención.

A partir de esta premisa, presentó las vidas de tres médicos del siglo XX —Giuseppe Moscati, José Gregorio Hernández y Riccardo Pampuri— como tres formas distintas de entender el ejercicio de la Medicina y la relación con el enfermo.

El primero de ellos, Giuseppe Moscati, fue utilizado como ejemplo de la necesaria convivencia entre excelencia científica y humanidad. Investigador y médico, estuvo entre los primeros profesionales de Nápoles que emplearon la insulina en el tratamiento de la diabetes y desarrolló una intensa actividad científica sin separar nunca el conocimiento técnico de la atención al paciente.

De su figura, el arzobispo extrajo una de las ideas más relevantes de la conferencia: la buena voluntad no puede sustituir a la competencia profesional, pero tampoco la competencia técnica basta por sí sola.

En palabras de Mons. Saiz Meneses, «la caridad exige competencia porque el amor al enfermo obliga a saber medicina; y la competencia pide caridad porque un saber que no se ordena al bien de alguien deja de ser medicina».

Inteligencia artificial: eficacia sin desplazar al paciente

Esta reflexión condujo directamente a uno de los asuntos de mayor actualidad abordados durante el acto: la inteligencia artificial aplicada a la Medicina.

El arzobispo reconoció la creciente presencia de estos sistemas en ámbitos como el diagnóstico por imagen, la estratificación de riesgos, la gestión hospitalaria o la investigación biomédica, pero advirtió de que existen preguntas propias del juicio clínico que no pueden resolverse únicamente mediante rendimiento estadístico o capacidad computacional.

La Medicina, señaló, trabaja finalmente sobre un paciente concreto, con una biografía, unos temores, unas expectativas y unas preferencias particulares.

Así, puso sobre la mesa la diferencia entre la capacidad de un sistema para ofrecer resultados sobre grandes poblaciones y la decisión que debe tomarse ante una persona determinada. Que una herramienta pueda alcanzar un elevado grado de precisión diagnóstica, explicó, no responde por sí mismo a cuestiones como si merece la pena iniciar una determinada línea de tratamiento en un caso concreto.

La incorporación de la tecnología, por tanto, no debe provocar que el paciente desaparezca detrás de los datos. El reto reside en aprovechar las posibilidades de la innovación sin que la potencia tecnológica sustituya la comprensión humana ni desplace a la persona del centro de la asistencia.

Ver al enfermo que hay detrás de la historia clínica

La segunda figura escogida por el arzobispo fue José Gregorio Hernández, conocido popularmente como «el médico de los pobres», a través de cuya trayectoria profundizó en la importancia de la mirada del médico hacia el paciente.

Hernández combinó una sólida formación científica y académica con una especial dedicación a quienes carecían de recursos, llegando incluso a facilitar a algunos pacientes el dinero necesario para adquirir sus medicamentos.

Su ejemplo permitió a Mons. Saiz Meneses profundizar en una de las tensiones permanentes del ejercicio médico: el profesional necesita objetivar el cuerpo y la enfermedad para poder diagnosticarlos y tratarlos, pero al mismo tiempo debe ser capaz de reconocer en ese cuerpo a una persona que reclama una respuesta.

El médico, explicó, ejerce inevitablemente esas dos miradas: la científica, que analiza, y la humana, que reconoce.

En este punto, la conferencia conectó directamente con algunas de las dificultades que afectan actualmente al ejercicio profesional. El arzobispo se refirió expresamente a un sistema sanitario sometido a una fuerte tensión, con listas de espera, plantillas insuficientes y tiempos de consulta que pueden dificultar precisamente esa atención cercana que se reclama a los profesionales.

Frente a esta realidad, recordó que la generosidad individual de los médicos no puede utilizarse como sustituto de la justicia del sistema: la vocación del profesional no exime a las estructuras sanitarias de crear las condiciones necesarias para desarrollar adecuadamente su trabajo.

Cuando curar ya no es posible, cuidar continúa siendo una obligación

El tercer gran ejemplo de la conferencia fue el médico italiano Riccardo Pampuri, cuya trayectoria sirvió para abordar otro de los grandes asuntos del encuentro: qué puede hacer la Medicina cuando ya no puede curar.

Mons. Saiz Meneses centró esta parte de su intervención en el significado de consolar, entendido no como la posibilidad de eliminar siempre el sufrimiento —algo que no está al alcance de la Medicina en todas las circunstancias— sino como la decisión de permanecer junto a quien lo padece.

«Consolar, en su raíz, no significa suprimir el dolor, cosa que no siempre está en nuestra mano. Significa que quien lo padece no lo padezca solo», explicó.

En este contexto, reivindicó el papel de los cuidados paliativos y recordó la aportación de Cicely Saunders y su concepto de «dolor total», que integra las dimensiones física, psicológica, social y espiritual del sufrimiento.

El mensaje fue especialmente claro: la imposibilidad de curar no significa que termine la responsabilidad médica de cuidar.

Hay situaciones, señaló, en las que la Medicina ya no dispone de tratamientos curativos y en las que la presencia junto al enfermo adquiere un valor esencial. Aliviar y acompañar forman también parte del acto médico.

Tres riesgos para la Medicina contemporánea

En la parte final de la conferencia, el arzobispo identificó tres grandes deformaciones que, a su juicio, amenazan actualmente al ejercicio de la Medicina.

La primera es la reducción tecnocrática, que aparece cuando el conocimiento médico se identifica exclusivamente con el dominio técnico de procesos biológicos. El riesgo, advirtió, es desarrollar una Medicina científicamente excelente pero «humanamente muda», en la que el paciente termina reducido a la patología que presenta.

La segunda es la contractualización de la relación clínica. Mons. Saiz Meneses defendió expresamente la importancia del consentimiento informado como garantía de la autonomía del paciente, pero alertó contra su degradación hasta convertirse exclusivamente en una herramienta destinada a repartir responsabilidades ante un posible litigio.

La relación entre médico y paciente, defendió, no puede entenderse únicamente como un contrato entre dos partes, porque existe una circunstancia que la hace singular: una de ellas se encuentra en una situación de vulnerabilidad y la otra dispone del conocimiento necesario para ayudarla. Esa asimetría genera deberes que no pueden quedar completamente recogidos en un documento jurídico.

La tercera amenaza señalada fue la cultura del descarte, entendida como la tendencia a valorar determinadas vidas en función del esfuerzo o los recursos que exige su atención. Frente a ello, el arzobispo formuló una de las afirmaciones más contundentes de la tarde: «una vida cuya dignidad dependa de su utilidad es una vida que ha dejado de tener dignidad y solo conserva precio».

Cuidar también a quienes cuidan

La conferencia reservó igualmente un espacio para la situación de los propios médicos.

Mons. Saiz Meneses abordó el desgaste profesional y se refirió al concepto de «daño moral», empleado para describir aquellas situaciones en las que el profesional conoce qué debería hacer por su paciente, pero las condiciones estructurales le impiden hacerlo de manera reiterada.

No se trataría únicamente de cansancio, sino de la erosión que provoca ejercer de forma continuada por debajo de aquello que el propio profesional considera adecuado.

«Ustedes también enferman, también tienen miedo y también necesitan ser cuidados», afirmó el arzobispo, subrayando así la necesidad de proteger a quienes dedican su actividad profesional al cuidado de los demás.

Una idea que había estado también presente en las palabras de bienvenida del presidente del RICOMS, quien señaló que no puede exigirse una Medicina profundamente humana a profesionales agotados, sin tiempo para escuchar o sometidos a condiciones que favorecen la despersonalización, y recordó que defender la dignidad del paciente exige igualmente defender la dignidad del médico.

«Una Medicina que no pierda nunca el rostro humano»

El presidente del Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla abrió el acto recordando que hablar de ética significa abordar «el fundamento mismo» de la profesión médica.

En su intervención destacó que los extraordinarios avances experimentados por la Medicina —desde la genética y la inteligencia artificial hasta la cirugía robótica, los trasplantes o las terapias personalizadas— incrementan también la responsabilidad de los profesionales.

«No todo lo técnicamente posible es necesariamente bueno para el paciente», señaló, antes de reivindicar una Medicina «competente, pero también humana; rigurosa, pero cercana; moderna, pero capaz de mirar a los ojos del enfermo».

Asimismo, destacó que la ética médica se manifiesta en las decisiones cotidianas: en escuchar al paciente a pesar de la falta de tiempo, explicar antes que decidir por él, preservar la confidencialidad, reconocer los propios límites, tratar con idéntica dignidad a todas las personas y no abandonar a quien ya no puede ser curado.

La conferencia concluyó recuperando las tres figuras médicas que habían vertebrado la intervención: Moscati como expresión del rigor científico; José Gregorio Hernández como ejemplo de una Medicina atenta especialmente al vulnerable; y Pampuri como símbolo de la permanencia junto al enfermo cuando la curación deja de ser posible.

Tres dimensiones que, según Mons. Saiz Meneses, necesitan permanecer unidas: el rigor científico sin humanidad corre el riesgo de convertirse en pura técnica; la humanidad sin preparación profesional puede resultar insuficiente; y ambas necesitan una vocación capaz de sostenerlas en el tiempo.

Con esta reflexión, el RICOMS acogió una conferencia que situó la ética no como un añadido externo a la actividad médica, sino como una dimensión inseparable de ella: aquella que permite que el progreso científico y tecnológico continúe teniendo como finalidad última cuidar a una persona concreta, especialmente cuando se encuentra en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de su vida.

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